Camila luego de cavilar un par de minutos al fin salió de casa, bajó las veintenas de escalones, las grandes escaleras, llegando por fin al plan. Entró al minimarket y compró la oblea que después le supo a poco. Caminó unas cuadras, esperó la luz verde para cruzar a la plaza Victoria; terminó de parpadear la luz roja y la otra empezó a brillar. Sintió como si se detuviera el tiempo, cruzó la mirada con los transeuntes que venían del otro lado y luego desvió la mirada al auto que venía por la pista del costado, topándose con el labial corrido y los ojos dilatados de Silvia. Lo poco y nada que quedaba de oblea desapareció igual que las los zapatos mal abrochados y el reloj sin pila que tanto odiaba, pasó un tiempo equivalente a una eternidad y creyó que el suelo se hundía y el cielo se acercaba, que podía tocar las nubes con las manos, que los cordones rosados ya no importaban tanto, que la oblea había sido lo mejor que había probado en su vida y que debería haber cerrado la puerta al salir de casa.
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